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El Bautismo de Jesús
En el caluroso desierto de Judea, cerca del serpenteante río Jordán, algo extraordinario estaba sucediendo. Un predicador de aspecto salvaje llamado Juan el Bautista estaba de pie hasta la cintura en el agua fresca, llamando a la gente de todas las ciudades y pueblos cercanos. Su voz resonaba a lo largo de las orillas del río como un trueno.
Juan llevaba ropa áspera hecha de pelo de camello, atada con un simple cinturón de cuero, el mismo tipo de atuendo que los antiguos profetas habían usado siglos antes. Su mensaje era urgente y claro: "¡Aléjense de sus malas acciones! Cambien sus corazones y vidas, porque el reino de Dios está cerca!" La gente escuchaba atentamente porque sabían que Juan hablaba la verdad de Dios.
Multitudes se reunían a lo largo de la orilla del río, sus sandalias hundiéndose en la orilla embarrada. Comerciantes, pescadores, recaudadores de impuestos, soldados y agricultores venían a escuchar a Juan predicar. Muchos se sentían arrepentidos por las cosas malas que habían hecho y querían reconciliarse con Dios.
Uno por uno, las personas se adentraban en el río Jordán para ser bautizadas por Juan. El bautismo era una ceremonia especial donde Juan los sumergía suavemente bajo el agua y los levantaba de nuevo. Esto simbolizaba lavar sus vidas viejas y pecaminosas y comenzar de nuevo con Dios. El agua salpicaba y brillaba al sol mientras persona tras persona era bautizada.
Pero Juan sabía algo que las multitudes aún no sabían. "Yo los bautizo con agua," les decía, "pero alguien mucho más poderoso que yo está por venir. ¡No soy digno ni de desatar sus sandalias! Él los bautizará con el Espíritu Santo y con fuego." La gente se preguntaba quién podría ser esta persona misteriosa y poderosa.
Un día, un hombre de ojos amables y rostro gentil caminó hacia la orilla del río. Era Jesús, quien había crecido en la ciudad de Nazaret como hijo de un carpintero. Juan lo reconoció de inmediato: ¡esta era la persona especial que Dios le había dicho que esperara! Este era el Mesías, el propio Hijo de Dios, que había venido a salvar al mundo.
Jesús caminó hacia el agua hacia Juan. "Necesito que me bautices," dijo Jesús simplemente. Juan estaba sorprendido y confundido. "¿Yo? ¿Bautizarte a ti?" exclamó. "¡Eso no tiene sentido! ¡Tú deberías bautizarme a mí! Nunca has hecho nada malo."
Juan entendió y estuvo de acuerdo. Los dos hombres se pararon juntos en medio del río Jordán, la corriente fluyendo suavemente a su alrededor. La multitud en la orilla se quedó en silencio, sintiendo que algo importante estaba a punto de suceder. Incluso los pájaros parecían dejar de cantar.
Juan bautizó cuidadosamente a Jesús, sumergiéndolo bajo la superficie del agua y levantándolo de nuevo. Gotas corrían por el rostro y el cabello de Jesús, brillando al sol. Y entonces, en ese mismo momento, ¡sucedió algo asombroso que nadie esperaba!
El cielo sobre ellos parecía abrirse, como si el mismo cielo se estuviera revelando. Una hermosa paloma blanca descendió del brillante agujero en el cielo, descendiendo lenta y graciosamente. Pero esta no era una paloma ordinaria: brillaba con una luz sobrenatural. ¡Este era el Espíritu Santo, apareciendo en una forma visible!
La paloma descendió y se posó suavemente sobre Jesús, como la mano de un padre sobre el hombro de su hijo. Todos los que miraban se quedaron completamente quietos, apenas atreviéndose a respirar. Nunca habían visto algo así en toda su vida.
Entonces una voz habló desde el cielo, profunda, amorosa y poderosa. "Este es mi Hijo amado," declaró la voz para que todos la escucharan. "Estoy muy complacido con él." ¡Era Dios el Padre mismo, hablando desde el cielo! La gente cayó de rodillas con asombro y maravilla.
Este increíble momento mostró al mundo quién era realmente Jesús. No era solo otro profeta o maestro, era el propio Hijo de Dios, enviado desde el cielo. El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo estaban presentes a la vez, trabajando juntos en perfecta armonía. Este misterio se llama la Trinidad, y nos ayuda a entender la asombrosa naturaleza de Dios.
Los ojos de Juan el Bautista se llenaron de lágrimas de alegría. Ahora entendía claramente su propósito. Su trabajo había sido preparar el camino para Jesús, preparar los corazones de la gente para el Mesías. Y ahora que Jesús había sido revelado, el mensaje de Juan había sido cumplido.
Desde ese día en adelante, Jesús comenzó su ministerio: enseñando, sanando y mostrando a la gente el amor de Dios. Su bautismo marcó el comienzo de su obra pública en la tierra. Fue el momento en que oficialmente asumió su papel como el Salvador del mundo.







